¿Quién fue el raro bicho que te ha dicho, che pebete, que pasó el tiempo del firulete?...

Ya en la primera mitad de la década del 50 del siglo pasado -más precisamente, en 1953- Rodolfo Taboada y Mariano Mores -autores de letra y de la música, respectivamente, de la milonga “El firulete”- descartaban que a la juventud haya dejado de interesarle el tango. Y hoy, habiendo finalizado el primer cuarto de siglo del tercer milenio, el tango sigue vigente entre los jóvenes.

Y no se trata, solamente, de que cada vez más personas de esta franja etaria están yendo a bailar a milongas o a escuchar esta música en los lugares donde se anuncia. Esta vigencia se manifiesta, sobre todo, en que músicos salidos hace poco del secundario o que cursan los primeros años de educación superior se están animando a ejecutar tangos e, incluso, a hacerles arreglos a las partituras originales.

Un guitarrista, un bandoneonista, una pianista, un cantor y una dupla de bailarines consultados por LA GACETA -suficientes para montar un espectáculo completo del 2x4- promedian 26 años y medio de edad. Según algunas investigaciones -entre otras, un estudio de la universidad de Cambridge-, aún ocupan el anaquel de la adolescencia. Y sin embargo, ya pueden ser definidos como tangueros de ley.

Mariano Jarjal (@MarianoJarjal, en Instagram) tiene 20 años, y estudia en el Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional de Tucumán (Ismunt). De chico lo atrajeron distintas facetas del arte. Primero, estudió danzas folclóricas; y a los 10 años, cuando empezó a tocar la guitarra, comenzó a animarse a cantar zambas y chacareras en reuniones familiares.

Cursó el secundario en la Escuela Superior de Educación Artística (ESEA); cuando egresó debió aislarse, como todo el mundo, debido a la pandemia de la covid-19. Entonces empezó a subir a las redes videos que lo mostraban cantando. Y cuando habilitaron las primeras salidas, decidió tomarse más en serio esta actividad. “Empecé clases con Sofía Singh, también egresada de la ESEA. Luego de un par de años me ‘echó’ -así le digo yo, en broma-; me dijo que hasta ahí llegaba ella, y que ahora yo debía buscar alguien que me pudiera ayudar más”, cuenta Mariano.

Un género que no pasa de moda: el tango se baila, se canta y se siente

De hecho, ella signó, de alguna manera, su destino tanguero. “En sus clases yo siempre cantaba folclore, y en la tercera o cuarta clase me propone que lleve otra cosa, y me sugiere algo melódico. Pero yo pensé en algo más relacionado al folclore, y le dije que iba a cantar un tango. Ella me escuchó, y me dijo que ese era mi fuerte”.

FUELLE. Fermín tiene 20 años y estudia en el Ismunt. Sus abuelos son los primeros en oír los tangos que saca en el bandoneón: “Cada vez que siento algún tango especial trato de hacerlo y de compartirlo con ellos”.

Gabriel Aguilar (@Gab.Aguilar97, en Instagram) tiene 25 años. Un día, hará cosa de un año, más o menos, decidió regalarle un mimo al abuelo de su novia que, sabiéndolo guitarrista, siempre le pedía que toque un tango. En aquel momento, “Gabi” no dimensionó lo que ese pequeño acto terminaría generando en él. “Estudio en el Ismunt; y en la carrera está presente la música popular. Ahí comencé a conocer más de cerca el folclore y el tango. Un día me dije que ya que conocía un poco, aprendía bien un tango y se lo presentaba. Y a la gente le gustó; y entonces decidí interiorizarme un poquito más sobre el tango. Y así voy creciendo, como en un proceso”, dice.

Música de viejos

En el ámbito en el que se mueve no juzgan su música, la disfrutan. “Hace mucho, y muy de pasada, habré escuchado que el tango era música de viejos. Por suerte estoy rodeado de gente que arenga y felicita: ‘qué bueno esto, qué bueno lo otro’. Nadie se disgusta por el tango, ni lo rechaza; si hay que tocar tango lo tocamos, y todo bien. La música es música; nunca queda vieja si le ponés algo tuyo, un color, un tinte, una impronta, si creás un arreglito o cosa por el estilo”, afirma “Gabi”.

SENSACIONES. Según Leandro, dentro del “abrazo” del tango pasan cosas.

Fermín Mansilla (@Fermi1n, en Instagram) tiene 20 años y toca el bandoneón. También estudia en el Ismunt. Al igual que la enorme mayoría de sus pares músicos, de pequeño oía tangos, zambas y chacareras en su casa y en las de sus parientes. “El folclore y el tango siempre estuvieron presente en mi vida. Y al tango lo relaciono con mis abuelos; los domingos ponían la radio y sonaba esa música. Ese sonido me producía mucha nostalgia. Y así, de a poco, fui aprendiendo”, recuerda.

Precisamente, sus abuelos ocupan un lugar especial en el rumbo tanguero de Fermín. “Cuando me llega el bandoneón, ellos siempre me pedían que aprenda algún tango, más allá de zambas o de chacareras. A mí me gustaba mucho un tango de Juan D’Arienzo, que se llama ‘Jueves’. Lo aprendí; no era muy complicado. Y empecé con ese, para acostumbrarme al ritmo del tango. Y mis abuelos fueron los primeros que lo escucharon; y todavía hoy son los primeros en escuchar los tangos que voy sacando. Cada vez que siento algún tango especial trato de hacerlo y de compartirlo con ellos”, cuenta.

El tango llama, y los jóvenes tucumanos responden

Pero su experiencia muestra que el tango no es asunto exclusivo de gente mayor: “Amigos de mi edad, que no conocían el género, que nunca se habían puesto a escuchar un tango, a prestarle atención, se fascinaron cuando oyeron uno. Estábamos con Mariano en una juntada. Y él cantó un tango, y yo lo acompañé con el bandoneón. Y les gustó. Si bien el tango no es algo habitual entre los jóvenes, cuando le prestan atención les agrada mucho”, dice.

Capital mundial del tango

Buenos Aires es la capital mundial del tango. La música ciudadana late en cada esquina porteña. Abundan las milongas o los sitios donde uno puede cenar mientras escucha un buen tango y respira la sensualidad y el erotismo que exhala una pareja de bailarines. María Lacroix (@MeriLacroix, en Instagram) vivió muchos años allá, durante los cuales estuvo en contacto con ensambles y con orquestas de diferentes variantes de tango. Pero esta pianista de 37 años no había reparado en cuánto había absorbido de esta música hasta que regresó a su Tucumán.

DESTINO. Tras oírlo interpretar un tango, la primera profesora de canto de Mariano le dijo que ese género era el suyo.

“Cuando volví, después de 15 años de vivir allá, noté que extrañaba el tango... literalmente. Aquí no está en tantos espacios, no es una cosa que circule por un montón de lugares, no hay mucha gente tocando tango. En general, las milongas son siempre más o menos las mismas, en los mismos lugares, y es una movida un poquito más reducida, siempre con las mismas personas”, considera.

Ese sentimiento de añoranza la acercó más al tango, desde varios lugares. “Me empezó a intrigar; y justo empecé a bailar tango también; y de ahí me comencé a meter con el piano, y fui conociendo al mundo del tango en Tucumán que, insisto, está un poquito escondido, y si no lo vas a buscar no sé si lo encontrás”, cuenta.

Daryna Roldán (@Mandarynadibujil, en Instagram) lo encontró en el camino de su casa hacia la Facultad de Artes de la UNT, donde estudia Licenciatura en Artes Plásticas. “Yo vivía en barrio Norte, y la facultad queda en barrio Sur; entonces, en ese trayecto pasaba por la plaza Independencia, y ahí bailan tango los lunes y viernes a la noche. Veía a la gente bailar, y me gustaba mucho, me llamaba la atención. Y un día me detuve a ver; y otro día ya no era sólo ver, sino bailar. No sabía, pero la gente me enseñaba. Después empecé a tomar clases, y ya no paré, no paré, no paré...”, celebra Daryna.

A sus 23 años, marca una diferencia con sus amigas de la misma edad. “A mí no me gusta ir al boliche. Por ejemplo, si es un viernes y mis amigas van al boliche yo les digo que prefiero irme a la milonga, que me voy a bailar tango y que después nos encontramos si quieren seguir la noche”, dice. Sin embargo, considera que el mundo del tango también está hecho para los jóvenes. “Creo que mis amigas no se meten en este ambiente porque lo relacionan con la gente grande; y yo las comprendo. Pero no descarto que el tango dé una posibilidad a los jóvenes, porque es un hermoso espacio, muy comunitario; el ambiente es como el mismo tango: muy abrazador”, destaca.

A ese abrazo también alude Leandro Ponssa (@Leandro.Ponssa, en Instagram). “Me gusta bailar con muchas personas; porque con cada una siempre es una experiencia diferente. Cada persona llega con su mundo, con su energía. Y apenas entrás en contacto con esa persona -lo que en el tango se llama ‘el abrazo’- ya podés tener una noción de cómo está. Una de las cosas más lindas del tango es que con ese abrazo se pueden decir un montón de cosas sin palabras. El tango es eso, es conexión”, opina Leandro, un acompañante terapéutico de 34 años.

Sus amigos también lo miran con curiosidad. “Nadie de mi familia escuchaba tango. Y en ese sentido les llama la atención. Y hoy es lindo saber que estoy siendo una ‘mala influencia’ ahí, de meter gente que quiero en el ambiente del tango”, bromea.

No. Claramente el firulete nunca pasó de moda. Y hoy, con bandoneones, pianos y guitarras, con abrazos de milonga y con una joven voz arrabalera, una nueva generación vuelve a demostrar que el 2x4 no pertenece al pasado, sino a todo aquel que se anime a sentirlo.